miércoles, 11 de septiembre de 2013

11 de septiembre, y ya 12 años


Hace 12 años, un día como hoy 11 de septiembre, ocurrió una de las mayores barbaridades que el ser humano puede llegar a tramar. Pero ese mismo día, el 11 de septiembre de 2001, hace 12 años, ocurrió otro acontecimiento que a mí me apenó muchísimo. Ese día murió María.

María era una persona extraordinaria, era una gran persona. Pero no una gran persona como tantas otras que también lo son. María era muy especial, era algo único que yo tuve la gran suerte de conocer y de disfrutar. Ella era un diamante. A su lado todo el mundo se sentía feliz. Nunca, durante los años que estuve cerca de ella, la escuche hablar mal de nadie, nunca la escuché criticar a nadie. Y tampoco escuché a nadie hablar mal de ella porque eso era imposible. Era una mujer que nunca pedía nada, pero lo daba todo. Ni siquiera durante los años en los que su enfermedad la ahogaba, se quejó nunca. Ella sabía aceptar la vida tal y como venía, y nunca se sentía desanimada por la adversidad. Y si se desanimaba, porque María también era humana, nunca lo dejaba entrever para que nadie a su alrededor se sintiera mal. Su muerte me hizo sentir un vacío como nunca desde entonces he sentido.

María era mi suegra, y con ella se fue la luz, pero en el firmamento brilló una nueva estrella sobre la que ella estará sentada.

Te quiero María, 12 años ya pero no te he olvidado

domingo, 8 de septiembre de 2013

El Capital Humano



Hace un tiempo, alguien que tuvo la valentía de dar el paso para crear una empresa e intentar sacar adelante un proyecto, me dijo que lo más importante para que ese proyecto tuviera éxito no era tener un local bien ubicado, ni era el dinero para comenzar. Todo eso es importante, por supuesto. Pero lo importante, me dijo, es el capital humano. Sin las personas que lo hagan posible, ningún negocio saldrá adelante. Ningún buen empresario podrá llegar a ninguna parte sin sus empleados.
Resulta paradójico que siendo esto cierto, y probablemente estando de acuerdo con ello, sin embargo nos encontremos cada día con un recurso totalmente devaluado. Nuestros gobernantes, las leyes, la situación económica, etc, etc, están llevándonos a un punto en el cual el capital humano está siendo tratado como si fuera algo prescindible. Y lo que es peor, como si fuera algo sin valor. Se está jugando con las personas como si fuesen una mercancía más de todo el proceso productivo. Reducir el costo de personal se está convirtiendo en uno de los principales retos de muchas empresas, con el fin de alcanzar el objetivo de la obtención de resultados positivos.
Y eso me lleva a preguntarme muchas veces: ¿por qué se actúa siempre como si el capital humano fuese el culpable de todos los problemas de la empresa? ¿Por qué cuando llegan los problemas nos olvidamos tan rápidamente del esfuerzo que ese capital humano ha realizado antes, y casi con seguridad ha permitido el crecimiento de una empresa en el pasado?
Sin duda el capital humano es el recurso más importante dentro del tejido empresarial, y al mismo tiempo es el recurso más vulnerable y más castigado. Por no decir que también el más despreciado.
Se está luchando contra la fuga de capitales. Pero ¿qué se está haciendo contra la fuga de talentos? Qué se está haciendo para que cientos de jóvenes muy preparados no tengan que huir hacia otros países donde se van a desarrollar profesionalmente, y donde por supuesto contribuirán al crecimiento económico de esos países? NADA, eso es lo que se está haciendo: NADA
Luego nos quejamos: que la crisis nos castiga, que la situación macroeconómica mundial es desfavorable, que las instituciones europeas nos marcan las pautas, etc, etc.
Dejemos de echarle la culpa a los demás y miremos hacia nosotros mismos. Reducimos al máximo nuestras plantillas amparándonos en una ley que nos favorece, y queremos que el consumo de los servicios y productos que fabricamos o comercializamos aumente. No lo sé, pero en esta ecuación hay alguna variable imposible de calcular.
Son muchos los modelos económicos que se han diseñado y planteado a lo largo de la historia. Pero hay algo que es invariable: para que la demanda aumente debe aumentar la renta, para que el consumo se active debe aumentar la capacidad adquisitiva de los consumidores.
Y el 80% de esos consumidores en cualquier lugar, está formado por ti y por mí y por miles y miles de personas individuales. Esas personas que están siendo devaluadas, ignoradas, y tratadas como algo sin valor.
El capital humano es el principal recurso en cualquier economía. Es el único recurso que puede tener voluntad propia para conseguir lo posible y lo imposible. Mientras esto no cale hondo en las mentes de los legisladores, y en la mente de muchos empresarios, la situación económica no mejorará.

viernes, 30 de agosto de 2013

Reflexiones durante una tarde ociosa



Hoy me preguntaba, sin poder evitarlo: ¿soy una persona normal?  Y ésta no es una pregunta gratuita. Me lo pregunto realmente porque cada día parece que hacer las cosas que yo hago, es una rareza. Es algo que sólo hacen las personas sin ambición.
Y por eso me he puesto a repasar mentalmente todo aquello que conforma mi vida a grandes rasgos.
_ Tengo una casa normal
_ Tengo un coche normal
_ Tengo un trabajo normal
_ No tengo a nadie que conduzca mi coche
_ No tengo a nadie que prepare la comida en mi cocina, de hecho no tengo a nadie que haga nada en mi casa.
_ Me muevo por la ciudad en bus o en tranvía
_ Cuando salgo de viaje, lo hago en clase turista
_ Cuando me alojo en un hotel, lo hago en habitaciones normales
Y así podría seguir con la lista, pero ¿para qué?. Está claro, soy una persona muy normal, y esto hoy en día ya no sé si es sinónimo de persona sin ambición.

Es cierto que la ambición, la avaricia, incluso la avaricia desmedida siempre han existido. Pero últimamente parece que estas características humanas estén de moda. Y parece que sólo quienes las practican sean dignos de admiración.
Y por eso en una tarde ociosa, finalizando mis vacaciones y pensando en tener que volver al trabajo para seguir ganándome la vida, me he puesto a pensar en todo esto, y a escribir sobre ello.

En realidad nunca he podido entender que puede llevar a una persona a ambicionar todo, y cuando lo tiene todo, a seguir ambicionando más y más. ¿Realmente estas personas se paran a pensar en algún momento que la vida es para vivir cada minuto, cada segundo con intensidad? ¿Y que para hacerlo no se necesitan tantas cosas ni tanto dinero? A veces pienso que el ansia de dinero les llega a nublar la visión de lo que realmente es la vida, y entonces me dan pena. Sí, pena.
Aunque también hay que distinguir entre dos categorías de ambición.
Por una parte están aquellos que han conseguido mucho con su trabajo, su esfuerzo, y sobre todo su iniciativa. Ésta y sólo ésta es la ambición que todos deberíamos tener, ésta es la ambición positiva, la que admiro. La ambición del emprendedor, del triunfador.
La otra es la que me repugna. Y en realidad no debería llamarla ambición, sino avaricia. Estas personas que son capaces de pasar por encima de las leyes y de las instituciones para acaparar riqueza sin control, sin medida. Estos que se rodean de una parafernalia de respeto y dignidad, y que en realidad son burdos delincuentes. Estos son los que me dan pena, sí pena. Y no lo digo en el sentido literal de la palabra. Desde luego se han merecido su situación actual. Digo pena en el sentido de que para vivir como quieren, para sentirse poderosos y envidiados han tenido que recurrir a ser unos vulgares ladrones. ¡Qué pena que nunca hayan podido saber lo que es disfrutar de la vida de verdad! , de esos pequeños momentos, esos pequeños detalles que son los que hacen que la vida sea lo más bonito del mundo.
Y de estos hay muchos, todos ansían lo mismo, ninguno tiene límite a su avaricia. Aunque todos no llegan a acumular lo mismo. No porque no quieran, sino porque no pueden. Pero todos son iguales.
Yo he conocido a algunos, no a los grandes, pero he conocido a algunos. Se creen los amos del mundo porque pueden tener cosas que el resto de los mortales no tenemos. Alardean de ellas, y sobre todo alardean de sus “amigos”, esos que les hacen la pelota, parece que les quieren mucho, salen en las fotos con ellos, les invitan a comer en grandes restaurantes, les regalan grandes viajes.
Pero cuando esos avariciosos caen, por una circunstancia o por otra, entonces de pronto se quedan solos. Ninguno de esos “amigos” está entonces cerca para salir en la foto, porque ya no hay fotos, ni para tenderles una mano. Tiene que ser muy triste esa soledad. Sí, realmente qué triste es.

¡Cuánto me alegro de ser una persona normal! Ojalá siempre sea una persona normal.
Y ahora me voy a tomar unas cervezas con mis amigos normales, en un lugar normal, pasando un rato normal.

No, eso no. Pasando un rato fenomenal, ése que sólo las personas normales podemos pasar. Porque esto es la verdadera vida, la vida que merece la pena. La vida que me gusta vivir.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Trabajando



Ya terminan las vacaciones y comienza un nuevo curso en el trabajo. Bueno, en realidad lo de curso es una forma de hablar porque no me dedico a la enseñanza. Solo de pensar en la cantidad de papeles que encontraré encima de mi mesa, la bandeja del correo electrónico llena a rebosar, y las notas con avisos pendientes de atender, pienso que voy a necesitar meses para poner un poco de orden. Aunque en realidad esto me ocurre cada año, y después me pongo al corriente en unos días.
Aunque este año juego con ventaja. Vuelvo antes que en otras ocasiones y el IVA no me pillará. Porque siempre está ahí acechando, esperando a que vuelva de mis vacaciones para recordarme que el día 20 está próximo, a veces muy próximo. “Y recuerda que este mes es doble, julio y agosto”, me susurra una vocecilla en mi cabeza. Y su primo el IRPF, que siempre se alían para venir a comer el mismo día.
Cuántas veces he envidiado a quienes tienen que presentar estas declaraciones trimestrales. Hasta octubre sin problemas. Sin embargo yo siempre, desde que comencé mi andadura profesional, he tenido que vérmelas con estos dos elementos mensualmente. Excepto en agosto, que se toman vacaciones. Pero a cambio llega septiembre, con la depre postvacacional, aunque yo nunca la he sufrido, y como dicen por aquí: si no quieres taza, toma tazón. Julio y Agosto en el mismo lote, el mismo día, y sin demoras. Qué ya se sabe, las demoras se pagan y Hacienda somos todos.

Así que nada, el lunes me tomaré unos días para ponerme al día, y después voy a por vosotros, IVA e IRPF, que este año me da tiempo incluso a tomar carrerilla.

martes, 27 de agosto de 2013

Noches de buenos amigos y tequila



Hoy revisando fotos de estos últimos años he encontrado una foto de Mikao, y eso me ha hecho recordar los buenos ratos que pasé con esta persona hace cinco años en México. Mikao es japonesa, y cuando yo la conocí llevaba dos años viviendo allí, aprendiendo español. Volvía a su país, pero antes quería hacer un recorrido para conocer algunos de los lugares que no conocía. Se unió a mí y a otras personas que en aquel momento coincidimos en el tiempo, y juntos iniciamos un periplo por Chiapas.
Nunca pude entender por qué Mikao tenía miedo de hacer ese recorrido en solitario, cuando ella había vivido en Ciudad Juarez, una ciudad en territorio comanche. Pero Mikao era así, su inocencia era abrumadora, y compartir aquellos días con ella fue toda una experiencia.

Cada vez que pienso en los días que pasamos en San Cristóbal de las Casas, me acuerdo de Mikao. Cuando el coche que nos llevaba allí nos dejó tirados a 10 kilómetros, a las 6 de la tarde, con el anochecer acercándose y sin saber qué hacer. Y lo único que se le ocurrió fue salir a la carretera y exclamar: no puede hacerse nada, la maldición de Motesuma. Y a continuación sentarse en el arcén de la carretera. Ella lo llamaba así, Motesuma.

Ahora me río cuando la veo allí sentada mientras los demás intentábamos empujar para que el coche se pusiera en marcha, mientras ella nos decía: imposible, la maldición de Motesuma.

Para ella todo era por culpa de Motesuma, era genial. El primer día que nos levantamos en San Cristobal, llevábamos todos una resaca de campeonato, y ella decía: la maldición de Motesuma.

_ No Mikao, esto no tiene nada que ver con Motesuma, esto son los tequilas que bebimos anoche

Pero ella siempre seguía con su propia versión.

Qué noches tan memorables pasamos en el Café Revolución, en San Cristóbal de las Casas. Un ambiente impresionante. Éramos un grupo de gente en busca de experiencias interesantes, compartiendo margaritas y tequilas, conversación y buena música.

Cuando Mikao se animaba a cantar, no se le notaba el acento, y se olvidaba de Motesuma, aunque a la mañana siguiente cuando le dolía la cabeza, volvía a recordarlo.
Cuando decida ir a Tokio, me pondré en contacto contigo Mikao. Seguro que no has olvidado aquellos buenos ratos.

Un saludo, compañera de aventuras

viernes, 23 de agosto de 2013

El punto de no retorno



Hace tiempo que no siento esa sensación. Era extraña, y por suerte pasajera. Sin embargo me hacía dudar, y casi siempre plantearme si no me había equivocado. No sé si esto era normal o solamente me ocurría a mí.

He escuchado decir miles de veces que somos animales de costumbres, y desde luego es cierto. Mientras nos encontramos dentro de nuestra área de movimientos, y pensamos que lo tenemos todo controlado, nos sentimos seguros. Desde luego esa seguridad es algo psicológico, puesto que nada está bajo nuestro control absoluto.
Entre algunas de mis pasiones se encuentra la de viajar, aunque no lo he hecho tanto como yo quisiera, pero probablemente sí mucho más de lo que algunos desearían. Y en esa aventura que siempre supone un viaje, me he sentido en algunos momentos en el que yo llamo “el punto sin retorno”. Es algo que no me ocurre siempre, solamente en los viajes largos en los que llegado a un punto del trayecto, hay diferentes escalas donde pierdo el contacto con mi punto de partida, mi punto de referencia. Y durante algunos minutos me siento desubicada, y comienza esa sensación de la que hablo. Siempre ocurre dentro del segundo o tercer avión al que subo, cuando el punto de partida y llegada ya no tienen nada que ver con mi país, cuando las personas que me rodean ya no hablan mi idioma. En ese momento mi estómago se llena de mariposas, y en mi cabeza escucho una frase que solo escucho en estos momentos: “¿pero tú qué haces aquí?, ¿qué se te ha perdido aquí?”

No es miedo, ni a volar ni a lo que voy a encontrar en esa aventura en la que ya no hay marcha atrás. Es simplemente sentir que he llegado a un punto sin retorno, del que soy consciente cuando entro en ese avión que me lleva de Dubai a Colombo, de Singapur a Hanói, de Estambul a Taskent, de Karachi a Katmandu, por ejemplo. En ese momento ya nada me une al lugar del que partí y donde me siento segura, solo porque es el lugar donde estoy acostumbrada a moverme. Es esa inquietud de encontrarse en un mundo desconocido, pero al mismo tiempo atrayente.

Pienso que debe ser algo parecido a hacer un vuelo sin motor. Mientras estás elevándote, unido a la avioneta que te arrastra hacia el cielo, te sientes seguro, amarrado a tu punto de referencia. Pero cuando te sueltan, cuando ya no tienes nada fijo o conocido a lo que agarrarte, uau, entonces ….. Algo parecido es lo que me ocurre cuando subo a ese segundo o tercer avión que me acerca a mi destino y me aleja de mi punto de seguridad.
Pero merece la pena, solamente dura unos minutos, y el resultado final siempre es fascinante.

Últimamente empiezo a echar de menos esa sensación de haber llegado al “punto sin retorno”. Es cierto, somos animales de costumbres, pero qué emocionante es hacer de vez en cuando un vuelo sin motor. Uaaaaaauuuuu